.................................


volver al libro

comente este libro

Colección Ecología, Cosmovisión y Economía Crítica

   

Gaia
La tierra viviente
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
Lawrence E. Joseph

P R O L O G O

Cuando recibí el honroso encargo de prologar este libro, dejé constancia de que sólo sería capaz de escribir algunas líneas muy subjetivas, contemplando la hipótesis gaiana desde mi plataforma de viejo abogado defensor de la naturaleza con el fin de evaluar su utilidad para la causa de mi defendida. Como no hubo objeción, he aquí este prólogo "sui generis".

Mi primer contacto con Gaia, además de haber leído comentarios favorables sobre ella en The Ecologist y otras publicaciones, fue un artículo que apareció en 1990 en la revista británica Resurgence bajo el título "The Rights of Nature", en el cual el autor George Matthews estableció un paralelo entre la hipótesis de James Lovelock y mi tesis de que la naturaleza constituye una entidad perfectamente dotada para ser reconocida como un sujeto de derecho capaz de actuar en su propio nombre, por medio de representantes, en todos los casos en que sus intereses, que son los de todos los integrantes del mundo natural, son violados por el hombre. Matthews, quien había leído la traducción al inglés que hice de mi ensayo titulado

"Un imperativo ecológico: reconocer los derechos de la naturaleza", considera que éste "es un reconocimiento de la hipótesis Gaia de Lovelock de que los procesos del mundo natural dan la impresión de la existencia de una sola entidad planetaria viviente".

Ahora tengo un nuevo encuentro con Gaia a raíz de la oportunidad de prologar el libro de Lawrence Joseph, el cual proporciona una visión muy completa, además de amena, de la criatura de James Lovelock y Lynn Margulis, mostrándola en las diferentes fases de su vida y sometiéndola a los más variados exámenes con la ayuda de numerosos especialistas. Por mi parte, no pretendo sumarme a este selecto grupo; acepto la existencia de Gaia tal como la presenta Lovelock y sólo me pregunto si ella podrá ser útil en la desesperada lucha por obtener un cambio en la ecocida conducta humana. Debo confesar que, para mis ojos profanos, Gaia constituye una especie de reencarnación científicamente concebida de la vieja Madre Naturaleza, cuya fascinante personalidad aparece ahora enriquecida con facetas antes ignoradas. Ellas se refieren esencialmente a la vivificación total de su cuerpo, cuyas zonas aparentemente inertes, como la litosfera y la estratosfera, quedan incorporadas a los ciclos de vida de la biosfera, reconociéndose que ésta ejerce una influencia importante sobre aquellas esferas inorgánicas de un modo similar a la forma en que éstas últimas influyen en los procesos que se desarrollan en la esfera de lo orgánico. Existe, por lo tanto, un sistema de circulación "sanguínea" de doble vía a través de todo el cuerpo de Gaia. De esta manera, la Tierra se presenta en su integridad como una especie de ser viviente.

No cabe duda de que la concepción holística de nuestro planeta como un superorganismo animado, dotado además del nombre mitológico de Gaia, le confiere un "status" que favorece las actitudes de consideración y respeto por parte de los humanos que tanta falta le hacen. Al respecto, Lovelock ha venido a reforzar la posición de quienes sostenemos que la naturaleza debe ser reconocida como un ente real que se caracteriza, como lo señalé en el ensayo ya nombrado, por ser "una entidad universal infinitamente compleja e interrelacionada en todos sus aspectos, firmemente estructurada y organizada, esencialmente dinámica y en constante desarrollo". Enfocándola desde un ángulo económico-jurídico, la llamé "la empresa de la vida"; no sé si a Lovelock le gustará que su Gaia sea calificada como "empresaria" (aunque en estos tiempos el empresario es considerado poco menos que un émulo del Creador).

En el panorama gaiano, el hombre no ocupa evidentemente el lugar privilegiado que parece asignarle el Génesis; en las palabras de Lovelock, "la hipótesis Gaia implica que el estado estable del planeta incluye al hombre como parte o socio de una entidad muy democrática". Si hay algœn jefe, lo es Gaia misma, cosa que el hombre ha olvidado, como dice Lovelock, y que debe recordársele por su propio bien. Las reglas del juego de la democracia gaiana, elaboradas y probadas durante cientos de millones de años, contrastan con las que se empecina a imponer el autodenominado Rey de la Creación, monarca advenedizo y absolutista, que ha proclamado como suyo el planeta entero. La visión del mundo que proporciona Gaia excluye las pretensiones antropocéntricas; la hipótesis de Lovelock se presenta así como aliada de los que hemos criticado la calificación de la naturaleza como mero ambiente o entorno humano, con la cual se pretende dejarla amarrada al carro de las ambiciones y caprichos de nuestra especie, arrastrándola al despeñadero, pese a las buenas intenciones de frenar la carrera de ese vehículo inmanejable.

En un artículo publicado hace algunos años bajo el título "Un poco de humildad", recordé que "este mundo que ahora reclamamos como nuestro medio ambiente tenía ya más de dos mil millones de años de existencia cuando apareció el primer homínido" y que "la biosfera, que sólo miramos como fuente de recursos para la vida humana, constituye también la esfera de la vida para una infinidad de especies que nada deben al hombre". Agregué que era preciso "abandonar nuestra miope y cómoda posición antropocéntrica y avanzar hacia una comprensión del mundo en que la naturaleza recupere su dignidad frente al hombre y sea reconocida por éste como su maestra y socia mayoritaria en vez de ser tratada como esclava sin voz ni voto". Me parece que Gaia puede ser una buena consejera y guía para acometer esta tarea: en contacto con "la Tierra viviente", el hombre podrá llegar a sentir ese "poco de humildad" que tanto necesita para comprender que, aunque sea hoy en día algo así como el director de la orquesta, debe respetar fielmente y en todas sus voces la partitura polifónica que ha escrito la vida para el gran concierto del mundo.

Godofredo Stutzin El Arrayán, 1992

 

   
    Editorial Cuatro Vientos
Maturana 19, Santiago Centro, Chile teléfonos: (56 2) 672 9226 - 695 4477 fax: (56 2) 673 2153
editorial@Cuatro Vientos.cl