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Colección Educación, Filosofía y Mediación

   

La Esquizofrenia Clásica
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César Ojeda Figueroa

P R ÓL O G O A LA SEGUNDA EDICIÓN

La Esquizofrenia Clásica fue mi primer libro publicado. Entonces tenía yo treinta y cuatro años de edad, y hacía diez que me dedicaba por entero a la psiquiatría, primero como becado en la Universidad de Chile y luego como académico. Sin embargo, la circunstancia biográfica que me permitió esta primera aventura editorial tiene que ver con la Pontificia Universidad Católica de Chile. Efectivamente, en el momento de escribir la obra, además de mi actividad como psiquiatra, yo estudiaba filosofía en dicha universidad, y al mismo tiempo, era académico de su Escuela de Psicología. Mi cercanía con la Escuela de Psicología de la Universidad Católica, tenía su origen en dos notables semestres vividos como psiquiatra en formación en los cursos encabezados por el Director de la Escuela de Psicología de esa época, Prof. Sergio Yulis, y dedicados a la entonces revolucionaria terapia de la conducta.

Después de haber renunciado, por razones enteramente ajenas a mi vocación, a una incipiente carrera académica en la Universidad de Chile, mi traslado a la Universidad Católica fue en muchos sentidos una experiencia conmovedora. El contacto con psicólogos clínicos en su propia casa fue muy diferente al que se suele tener con ellos en los hospitales y centros psiquiátricos. En estos últimos, los psicólogos deben adaptarse a condiciones de trabajo gobernadas por esquemas clínicos y terapéuticos que son caros a la medicina, y que consisten en un privilegio de las acciones diagnósticas y de terapia farmacológica. Deben por lo tanto sobrevivir allí tomado el rol de profesionales de apoyo o colaboración médica, reservando de eso modo sus habilidades y formación para algunos casos aislados, o simplemente, dejándolas en el baúl del desván. Aunque parezca sorprendente, en muchos centros psiquiátricos hasta el día de hoy no se entiende lo que es un psicólogo clínico, y por lo tanto, suelen ser vistos como profesionales complementarios a la labor del psiquiatra, especialmente en el terreno de la psicometría y de algunas acciones psicoterapéuticas coadyuvantes.

En su propio terreno, la psicología clínica luce de manera muy diferente. Lo primero que me llamó la atención al integrarme al Departamento de Psicología Clínica de la Universidad Católica de Chile, fue la amplitud del conocimiento que allí se enseñaba y practicaba. Efectivamente, los fenómenos psíquicos –incluidos los que la psiquiatría considera “enfermedades”- eran mirados en el marco de elaboradas teorías del comportamiento y del desarrollo. Pero sumado a ese amplio marco, la valoración de las redes de vinculación entre los seres humanos, hacía aparecer, en cada momento psicológico de una persona, siempre a los otros y a los sistemas de relaciones a los que pertenece. Viniendo de la formación médica y de la psiquiatría hospitalaria, esta visión ampliada me pareció fascinante, pues sin duda, enriquecía la comprensión del sufrimiento psíquico y le aportaba una necesaria dosis de sensibilidad y sutileza.

Para mí fue una sorpresa constatar la inquietud y el interés que los académicos psicólogos mostraban por los cuadros clínicos mayores que han sido tradicionalmente la substancia del trabajo psiquiátrico. Así, al organizar el Seminario Clínico de Post-grado “La Esquizofrenia Clásica”, pude constatar la cálida acogida de destacados docentes y egresados de la Escuela. El seminario se efectuaba las mañanas de los viernes durante un semestre, y consistía en el trabajo y la discusión detallada de algunos autores clásicos y en visitas clínicas al Hospital El Peral. De ese seminario surgieron otros, como “Las Estructuras Delirantes” y “Las Estructuras Depresivas”, que recuerdo con especial aprecio. Algunos cursos que por ese entonces yo seguía en la Escuela de Psicología, me daban el curioso placer de ser alumno y profesor de las mismas personas. Más tarde comprendí que en el ejercicio académico y docente más genuino, somos siempre una curiosa mezcla de aprendiz y maestro.
Ya en esos años, tenía la sensación de que las obras de quienes habían creado los conceptos y el fecundo lenguaje psicopatológico con que nos referimos a la esquizofrenia, eran escasamente conocidas por los profesionales involucrados en la salud mental, y por los clínicos en particular. Recordemos que por ese entonces se empezaba a empinar la serie DSM, con las simplificaciones y errores que la caracterizan hasta el día de hoy . Al cabo de más de veinte años, mi opinión es cada vez más firme en este sentido. La psicopatología se detuvo en la década de los sesenta, y los desarrollos de las últimas décadas no son más que una empobrecida apropiación, disfrazada de nueva terminología, de lo elaborado -tras pacientes años de observación- por los autores clásicos. Pero ahora, como toda copia, carente de gracia y de toda profundidad antropológica.

Después de terminado el seminario, me concentré en redactar el libro que el lector tiene ahora en sus manos. Publicarlo no fue una tarea sencilla. Por el contrario, y a pesar de la buena voluntad de Ediciones de la Universidad Católica, los “informantes”, esos anónimos pares que deben dar su opinión sobre el trabajo ajeno, desde la oscuridad de su posición, hicieron comentarios generosos algunos, e indisimuladamente destructivos otros. Afortunadamente, triunfaron los buenos, y el libro fue publicado. A partir de esa experiencia, me pareció que las opiniones anónimas se prestan para los más abusivos despropósitos en el ámbito editorial.

Los 2000 ejemplares de esa primera edición se vendieron en unos pocos años. Esa recepción, y las solicitudes reiteradas de estudiantes de psicología y medicina, me hicieron considerar una segunda edición. Sin embargo, muchas cosas han cambiado en las últimas décadas. La esquizofrenia, como todas las perturbaciones psíquicas y somáticas, hoy tiene un referente biológico mucho más afinado que el que se esgrimió en las décadas de los 70 y de los 80. Es por eso que hemos agregado al libro un capítulo sobre “Evolución, Neurodesarrollo y Esquizofrenia”. En una primera lectura, este capítulo luce más técnico y emplea conceptos biológicos que pueden presentar alguna dificultad para el lector que no esté familiarizado con ese lenguaje y esos conceptos. Sin embargo, aún sin considerar esa terminología, el sentido global del capítulo puede ser comprendido sin dificultad. Como allí se muestra, los fenómenos clínicos y psicopatológicos siguen siendo los mismos, y las descripciones clásicas absolutamente vigentes y necesarias. No obstante, la inserción de los fenómenos psicopatológicos en esta nueva y amplia biología, permite comprenderlos mejor a través de teorías de mayor coherencia y alcance. En esta misma línea, los procedimientos psicoterapéuticos en general han empezado a aceptar que las interacciones entre los seres vivos no son comprensibles si no se integra el significado de los procesos mentales a este marco biológico ampliado. Sólo como ejemplo quiero mencionar las abundantes publicaciones sobre las relaciones entre neurobiología, psicoterapia y psicoanálisis aparecidas en los últimos años .

Finalmente, quiero agradecer al Departamento Editorial de C & C, por la confianza que significa haber acogido la realización de esta segunda edición ampliada.

Altos de San Alfonso
Febrero de 2006

   
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