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Colección Educación, Filosofía y Mediación |
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La
Ilusión de la Técnica
La búsqueda de sentido dentro de una civilización
tecnológica
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William Barrett
PRESENTACION: "LA ILUSION DE LA TECNICA"
Marcos García de la Huerta
El título de este libro de William Barrett
"La ilusión de la técnica", alude a una desilusión pues, al igual
que los engaños, las ilusiones aparecen tras los desengaños. Sin
embargo, la promesa de nuevos inventos no está en absoluto agotada.
La desilusión se refiere no a las expectativas sino al significado
atribuido a la técnica. El siglo XIX se conoce como el siglo del
progreso, aunque el XX fue quizá más prolífico en inventos. Pero
sus logros se vieron ensombrecidos por los descalabros. La Primera
Gran Guerra mostró que las armas de destrucción masiva podían hacer
que las matanzas se volvieran recíprocas. La Segunda Guerra cambió
una vez más la escala de los perjuicios e inició prácticas de guerra
irregular en cierto modo premonitorias de las que ahora conocemos.
La fabricación y uso del arma atómica y más recientemente de las
químicas y biológicas, muestra un perfeccionamiento en el diseño
de la muerte, que confirma un principio o imperativo técnico bien
conocido: todo lo experimentable es experimentado y todo lo realizable
tiende a ser realizado. A eso también alude Barret cuando habla
de "ilusión" técnica: "Todo lo que conocemos como cultura moderna
ha estallado como un maremoto de negación. Por todas partes sus
trabajos y triunfos nos han ido despojando de todas nuestras ilusiones"
(pág. 270). El subtítulo del libro reza: "la búsqueda de sentido
dentro de una civilización tecnológica". Se trata, en efecto, más
de una desilusión en cuanto al significado atribuido a la técnica
que no en cuanto a sus posibilidades y performances, que siguen
siendo enormes. Desde Descartes y Bacon, se tiende a consagrar la
técnica como expresión de un saber racional y benéfico, susceptible
de ser universalmente aplicado. La ciencia, ella, busca el conocimiento
y la verdad: no podría apartarse de la moral, el bien y la felicidad.
Debe incluso, gracias a sus "aplicaciones", "liberar al hombre de
los apremios y servidumbres naturales" (Descartes). Tal era el significado
asignado a la tecno-ciencia en los inicios de la edad moderna. Pero
a fines del XIX, Nietzsche ya advertía algo mucho más sombrío: "un
siglo de barbarie se avecina y las ciencias estarán a su servicio".
El carácter "técnico" de la ciencia moderna había sido puesto de
manifiesto por Bacon en la exposición del método de la nueva ciencia.
Barret lo reafirma a la luz de la simbiosis entre ambas producida
posteriormente: "estamos equivocados si pensamos que la tecnología
es solo una aplicación externa e incidental de la ciencia, porque
la tecnología habita el corazón mismo de la nueva ciencia" (p. 321)
Entonces, la "desilusión" se refiere sobre todo a que la técnica
no nos ayuda en la búsqueda de sentido, antes bien, la obstaculiza.
Ella caracteriza esta civilización, precisamente porque suplanta
la pregunta por el sentido y tiende a convertirse ella misma en
la fuente de dotación de sentido, orientando la vida en su conjunto
con un sesgo cada vez más exclusivamente instrumental. El paisaje
que aparece en la portada del libro puede ilustrar quizá esta idea.
Lo primero que llama la atención es que sea un cuadro de vida rural,
cuando el tema del libro es la civilización técnica. El terreno
sembrado del primer plano muestra un campo de girasoles. El nombre
de esta flor viene de que la planta sigue con su corola el periplo
solar en su desplazamiento por la bóveda celeste. La flor misma
tiene todo el aspecto de un sol y quizá por eso se le llama también
"maravilla", porque sigue a su modelo como un Narciso fascinado
con su imagen. En la tradición metafísica occidental el sol es la
metáfora para el Bien, la Idea Suprema que orienta la acción y le
procura justamente sentido a la existencia cuando ella se encauza
hacia él. Para Aristóteles, por ejemplo, la buena vida consiste
en eso. La civilización técnica está, pues, signada por un predominio
de la razón instrumental, que tiende progresivamente a erradicar
de la existencia todo vestigio de gratuidad. La época moderna en
general ha vivido de dos grandes mitos o utopías: en primer lugar,
el mito del progreso. Según él, con el desarrollo tecno-científico
se logrará un cabal señorío sobre la naturaleza, que redundará en
la superación del atraso y la erradicación de la pobreza. De allí
ha de surgir una sociedad más armónica, más segura y estable, una
humanidad, en suma, más plena y feliz. En el lenguaje y orden de
preocupaciones actual, eso es lo que anticipaban Bacon, Descartes
y Galileo. El otro gran mito del imaginario moderno consiste en
la idea de una sociedad regulada científicamente, donde el "gobierno
de los hombres" sea reemplazado por "la simple administración de
las cosas", según la célebre fórmula de Saint-Simon, retomada luego
por Engels. Es decir, una sociedad liberada de la política, la "tragedia
moderna" como la llamó Napoleón. La sociedad automatizada supone,
en efecto, el Estado "técnico", cuya dirección corresponde a las
tecno-ciencias de la administración. Tanto el liberalismo como el
marxismo clásico vieron el Estado respectivamente como un estorbo
que es preciso reducir, o como un aparato de opresión que es necesario
suprimir. Si la sociedad ha de ser racional, se debe abolir la política.
Se trata, pues, no solo de sacudir las cadenas de la penuria material
sino de suprimir el Estado mismo e imponer en la acción la regla
de una instrumentalidad omnívora. Las ciencias de la administración,
la Economía Política en particular, como las ciencias exactas en
el dominio de la naturaleza, serían los agentes responsables de
llevar a cabo estas dos grandes demandas del imaginario moderno.
Notemos que Barret emplea a menudo la palabra technique y no la
más corriente de technology. Se puede entender que lo hace para
evitar que se comprenda lo técnico como sinónimo de apertrechamiento
de artefactos, máquinas y útiles, en lugar de como una orientación
de la razón. La técnica sería, más que un producto externo de la
razón, lo que Hegel llamaba "espíritu objetivo" u objetivado, un
principio de estructuración interno que informa el conjunto de la
existencia, lo que Heidegger llamó armazón, Gestell. Esta interpretación
se ve reforzada por el hecho de que Barret dedica tres de las cuatro
secciones de su libro al análisis del pensamiento. Lo hace a través
de sendos autores que él estima especialmente significativos: Wittgenstein,
Heidegger y William James. Aunque este último, a mi juicio, no está
a la altura de los otros dos. En la primera parte, Barret hace una
luminosa exposición del itinerario que condujo a Wittgenstein desde
el período inicial del Tractatus hasta sus Investigaciones filosóficas
de madurez, enfatizando la crítica del filósofo austríaco a la propuesta
fundamental de Bertrand Russell de convertir la lógica matemática
en el método de la filosofía. Wittgenstein comparte hasta cierto
punto la reserva de Russell frente a la metafísica, pero rechaza
su prurito logicista y su concepto de las matemáticas. El piensa
que las dificultades y embrollos de la metafísica se pueden resolver
con ayuda del lenguaje común, el verdadero instrumento de la crítica,
según él. Algo equivalente ocurre en el caso de Heidegger, quien
se formó inicialmente en el método fenomenológico de Husserl. Este
propone suspender imaginariamente la validez del mundo común, para
crear un espacio de idealidades o esencias puras. El conocimiento
ha de limitarse a la descripción de lo que aparece a la conciencia
reducida, lo que garantizaría la certeza. Heidegger, en cambio,
repone el mundo suspendido y lo postula como consustancial a la
realidad humana. El hombre se define precisamente como "ser en el
mundo", de modo que éste no es para él un agregado que se pueda
suprimir o recuperar a voluntad. La mundanidad, lo mismo que el
lenguaje en que habitamos, es inherente a nuestra existencia. Su
revocación es un artificio del entendimiento, que procura solo un
mundo artificial de certezas, o sea, una certeza artificial. No
es ese, en todo caso, el sentido originario y más hondo del saber.
Se puede establecer una relativa proximidad en las propuestas de
Heidegger y de Wittgenstein respecto al método y la pretensión cientista
de allí derivada. Ellos se apartaron, cada cual a su manera, de
esa pretensión de sus respectivos antecesores. Por eso Barrett puede
caracterizar la "civilización tecnológica" a través de tres filósofos,
cuando solo uno de ellos, Heidegger, dedicó una reflexión especial
a la cuestión de la técnica. Barret mira a través de ellos y junto
con ellos, en un lenguaje propio suyo, más accesible al no especialista,
hace su propio arreglo de cuentas con la época. Santiago 5 de Noviembre
de 2001 Sr Pedro Gandolfo Revista Artes y Letras de El Mercurio
Director Señor Director, Le adjunto un ejemplar del libro de William
Barrett traducido del inglés y publicado recientemente por Editorial
Cuatro Vientos. Me correspondió presentarlo en la Feria del Libro
y me permito incluirle el texto que leí en esa ocasión, pues me
parece que podría ser del interés para La Revista de Artes y Letras.
Le adjunto también un libro que acabo de publicar con Carl Mitcham
sobre "Etica en la profesión de ingeniero. Ingeniería y ciudadanía",
que también podría resultarle de interés, ya que explora un tema
prácticamente intocado en nuestro medio. Le ruego considere el texto
de la contratapa para su eventual publicación. Un extracto del Prólogo
podría igualmente servir para tal efecto. (De ambos textos soy el
autor). Sin otro particular, le saluda cordialmente, Marcos García
de la Huerta Profesor Titular. U. de Chile Fonofax 3359397 Correo
E marcosgh adsl.tie.cl Santiago 31 de Octubre de 2001 Doctor Edgar
Velásquez Rivera Maestría Estudios Políticos Latinoamericanos Coordinador
Estimado Doctor Velásquez, Le agradezco muy sinceramente su carta
invitación. Para mí sería un gusto colaborar con la Maestría que
usted coordina. De modo que estaré atento a una próxima comunicación
suya para precisar un poco más los temas. Desde ya le envío mi más
cordial saludo.
Marcos García de la Huerta
Fax 56-2-3359397
e-mail: marcosgh@adsl.tie.cl
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