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Terapia Gestalt |
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Los
Diálogos del Cuerpo
Un enfoque holístico de la salud y la enfermedad
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Adriana Schnake
P R O L O G O
¡Cuánto hubiera deseado
leer este libro en los comienzos de mi formación! Saber desde
el inicio que el ser humano es uno e indivisible.
¡Cuánto más dichosos hubieran sido aquellos
años!
Ahora, pensando en los jóvenes
que, con su amor y sus ideales intactos, deciden abrazar una profesión
que los capacite para mitigar el sufrimiento de quienes los rodean
y que, según la carrera que elijan, se encontrarán
en los textos con una versión des-almada o des-carnada del
hombre, deseo fervientemente que este libro llegue a sus manos.
Es que, por lo general, la formación
que reciben hoy los médicos y los psicólogos no es
saludable ni para ellos mismos. Como dice Friedrich Weinreb, "quien
rompe en otro la unidad, la rompe en sí mismo, porque el
prójimo es un espejo en el cual uno se reconoce a sí
mismo".
Goethe era contrario a dividir los
fenómenos en una parte objetiva y otra subjetiva: temía
que la naturaleza fuese destruida por la avalancha de la ciencia
técnica. Su intento no tuvo ninguna influencia en su tiempo.
Ahora, que conocemos el curso que ha seguido la ciencia y sus consecuencias
en la salud del hombre y del planeta mismo, estamos en condiciones
de comprender los temores de Goethe mejor que sus coetáneos
y podemos recibir esperanzados propuestas integradoras como la de
este libro.
La primera vez que vi a Nana trabajar
con un paciente que presentaba síntomas orgánicos
fue hace poco más de quince años. Yo participaba en
un laboratorio y era una de mis primeras aproximaciones al enfoque
gestáltico. Me maravilló observar la dedicación
y el cuidado que ponía para alcanzar, junto con el paciente,
un diagnóstico preciso; resultó ser apendicitis. Pero
mayor fue mi admiración al ver cómo, aún tratándose
de una patología tradicionalmente quirúrgica, continuaba
el trabajo sin perder de vista el relato, los gestos, la historia
y los afectos de esa persona triste y amedrentada. Esa persona,
con todo lo que era, siempre estaba allí, presente. Nunca
el diagnóstico se sobrepuso al individuo. Asistí,
profundamente conmovido, a un proceso de integración en el
que el hombre y su apéndice se completaron el uno con el
otro. Y como por milagro, un ser cada vez más entero, cada
vez más lleno de vida, fue surgiendo delante de mis propios
ojos.
Mientras la medicina, limitada a
los síntomas y a la enfermedad, continúa buscando
remedios (es decir, medios para retrotraer al enfermo
a su estado anterior), esta médica no se aparta de su visión
holística. Permanece permeable a todas las corrientes de
pensamiento que abonan esta redefinición de la salud y así,
en su comprensión de la persona que padece, están
presentes desde Heidegger hasta Bohm y desde la poesía hasta
la física más reciente. Desde allí, nos muestra
que no sólo debemos abandonar la idea de curación
como un volver a un estado anterior, sino que aún si lo lográramos,
estaríamos desperdiciando la maravillosa oportunidad que
nos ofrece la enfermedad para cambiar, para completarnos, para crecer,
para ser más humanos, más armónicos con nosotros
y con el mundo que nos rodea. En suma, para ser más felices.
Muchas veces pensé que sólo
deberíamos adoptar un enfoque terapéutico si, además
de ayudar al individuo, también demostraba ser útil
para la humanidad. Desde el comienzo de este libro se presiente
que aquí el tema de la salud y la enfermedad va más
allá de la persona aislada. Resulta impactante comprobar
que esta nueva comprensión del ser humano y de su organismo
también nos abre nuevas puertas para comprender a nuestra
sociedad y a nuestro mundo.
Nos encontramos, además,
con un modelo de prevención que, a diferencia de los programas
tradicionales, que son limitativos, nos devuelve el potencial sanador
con el que estamos naturalmente dotados. Es una propuesta enriquecedora,
que nos ayuda a confiar en la sabiduría de nuestro cuerpo
y en las posibilidades del diálogo.
Perls decía que si se trabajaran
todas las partes de un sueño, ésa sería toda
la terapia que una persona podría necesitar. Ahora tengo
la impresión de que si mantuviéramos un diálogo
con cada uno de nuestros órganos, sistemas, tejidos y secreciones,
hallaríamos toda la sabiduría que la humanidad puede
anhelar.
¿Cómo transmitir un
modo de aproximarnos a la persona que sufre? ¿Cómo
hacer comprender algo tan vasto, tan inasible, algo que implica
a la vez un modo de ver y un modo de ser? Tremendo desafío.
Lao Tsé decía: "El Tao que se puede describir
no es el verdadero Tao". Sin embargo, en tanto de lo que se
trata es de ver al ser humano en su totalidad, Nana se aventura
a mostrarlo mostrándonos su propia totalidad.
Con inmensa generosidad, esta mujer
se mantiene consecuente consigo misma y no predica sus verdades:
las muestra. Nos permite asomarnos a su quehacer y a su vida. Y
en ese clima, en esa atmósfera que se crea con su lenguaje
llano y directo, seguimos atentos las vicisitudes de una existencia
apasionante. Repasamos los tramos quizá más significativos
de la historia de la medicina y de la psicología, de la mano
de quien no ha desestimado el valor de la intuición como
instrumento para comprender al hombre y al mundo en el que vive.
Nos pondremos serios para seguir las palabras de los filósofos,
y nos sorprenderemos conmovidos ante el desenlace de un caso. Repentinamente,
nos encontramos sumergidos en sus relatos como si la estuviéramos
escuchando, como si ella estuviera aquí. Son relatos que
nos atrapan y nos conmueven, porque parecen resonar en algún
rincón de nosotros mismos. Algún lugar que teníamos
postergado.
En la medida en que transitemos
estas páginas dispuestos a que algo verdadero ocurra dentro
de nosotros, nos encontraremos, cuando menos con la certeza de que
es posible comprender a la persona como una unidad en la que ninguna
parte es central o primordial. También comprobaremos que
nuestra mirada habrá cambiado, que esa posibilidad también
estaba en nosotros.
Como vemos, lejos de ser producto
de especulaciones teóricas, este libro está construido
sobre la experiencia personal: décadas de trabajo comprometido
en el difícil arte de estar con el que sufre, asistiendo
a miles de personas. Personas como esas mujeres que dialogando con
su útero o sus ovarios encontraron la fertilidad que las
convirtió en madres dichosas. Personas como esos hombres
que en el lugar de su angina de pecho descubrieron una nueva capacidad
de amar. Personas, en fin, como todos aquellos que se acercaron
a esta psiquiatra chilena abrumados por sus conflictos personales
al punto que no registraban los malestares que estaban deteriorando
su cuerpo y descubrieron que sus órganos quejumbrosos no
sólo tenían la respuesta a sus dilemas, sino que además
podían ser fuente de satisfacciones.
Es en estos momentos cuando pienso
que quizás este prólogo debería haberse confiado
a ellos, a los pacientes, a los que han sido protagonistas de este
increíble paso que va de padecer a ser, de la enfermedad
a la salud. Entiendo que es imposible concitar a tamaña multitud.
Pero puedo ponerme en el lugar de todos ellos y darme cuenta de
que desearían que se hable también de los abrazos,
de las lágrimas emocionadas y de todo el amor que vivieron
cuando se reencontraron con la maravilla de su cuerpo. Sobre todo,
tengo la certeza de que desearían que no falten aquí
estas sentidas palabras: gracias, muchas gracias, Nana.
Salomón Touson
Buenos Aires, marzo de 1995
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