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Colección Narrativa

   

Memoria de la luz
The memory of light
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Margarita Schultz y Reza Tavakol

Prólogo de Eric Goles


¿Se Mojan las Estrellas en Carrizal Bajo?

A propósito del libro "Memoria de la luz" de Margarita Schultz. Leo estel libro y miro el cielo y vuelvo a las palabras y a esas vidas allí tiradas, enredadas, ocurriendo como el conejo de Alicia, siempre en movimiento y en el mismo lugar.

Cae la pregunta entre los focos, sobre las precarias barracas del criadero de ostiones, inundando la oscuridad de más de una vida que duerme agotada por un oficio de hilachas. Casi sin sueños más allá de la escurridiza imagen de la espuma o el vaivén de una ola o un olor que se evoca. Olor ácido, mezcla de sudor y océano de los que duermen sin otra espera que la espera del cercano retorno, no por ello menos eterno, de los afanes y los días y esta noche, apenas iluminado por una mortecina claridad, leo el libro que me entregaste, "Memoria de la luz" y miro el cielo y vuelvo a las palabras y a esas vidas allí tiradas, enredadas, ocurriendo como el conejo de Alicia, siempre en movimiento y en el mismo lugar y entonces la melancolía, porque, Margarita Schultz, en esta cueva, sombra de la sombra de aquella pensada por Platón, nadie levanta la vista siquiera mientras van quitando tiempo al tiempo, escurriéndose, enhebrados al monótono sonsonete del motor a petróleo. Voy entonces hacia la puerta, camino algunos metros hasta el interruptor maestro de todo el campamento y, aunque sé que me traerá más de algún reproche, simplemente apago la luz.

Para recibir todo el cielo y buscar allí al menos el reflejo de una simple cama, un insignificante amor, una pasajera alegría. Vida al fin y al cabo traída y llevada, ínfima bajo inmensidad, sin gallo alguno que la afirme o la niegue con su canto y cayéndome hacia arriba, a contra tiempo, que es también el espacio, sé como lo afirma alguno de tus poemas, que en innumerables o infinitos lugares montones de polvo se derrumban bajo su propio peso. Amándose diría y ese porfiado amor es la antorcha que me hace y nos hace y permite en la misma tiniebla palpar el vasto universo. Inquirir cómo de lo unánime emerge lo distinto, inaugurando todo aquello que se agita, multiplica o piensa y sorprendido frente a la explosiva combinatoria de lo posible -hasta lo inimaginable- buscar la pluralidad o unicidad de los caminos… ¿cómo se dio la encrucijada cósmica, la intersección necesaria y fortuita que permitió encarnar el- verbo hasta el detalle de que llegaras a mi despacho con tus palabras y escribiera, hoy, estas palabras? Perplejidades no ajenas al azar que reúne una orquídea cautiva en un balcón de Guermantes con el insecto que la poliniza bajo la mirada desenfocada y atónita del joven Proust tras la celosía, observando el no menos fortuito encuentro entre el mayordomo, Jupien, y el barón de Charlus… metáforas o epifanías de la porfiada vida, apareciendo, encontrándose, renovándose, urdiendo épica y pequeña historia en una hebra inseparable.

¿Podemos entonces enunciar siquiera la posibilidad de que cuando todo se hacía sólo prevalecieran veloces partículas inanimadas augurando nuestra inevitable derrota? ¿Que jamás casualidad y rigor permitiesen la inauguración de la vida? ¿Que nunca el roce de una piel contra otra piel incrementara la musiquilla de las esferas? ¿Que nadie, siquiera con un solitario ojo, recogiera la memoria de la luz conjeturando que el silencio es apariencia y su mente el testimonio? No y en la pluralidad de universos posibles, en ese jardín de senderos bifurcándose cuando apenas despuntaba el tiempo, una parte, no menos vasta que el todo, traía ya, inevitable, la vida.

No desmerece entonces la elevación abrupta y repentina del humilde ágave para morir desparramándose en semillas frente al mutis de una estrella, desperdigando sus materiales en un trágico carnaval de fuegos de artificio. Ambos fenómenos, en escalas de tiempo y espacio diferentes, reiteran otra oportunidad para la emergencia del viejo juego del amor y la réplica. Oscilando su ejercicio justo en la frontera entre el orden y el caos, traduciéndose en extrañas geometrías, pesados metales y compuestos orgánicos hasta dar con la escrita y perfecta orquídea de Proust o la emoción de Murray Gell-Mann al descubrir, como quien saca un conejo del sombrero del mago, las simetrías de aquellos materiales que van construyendo el universo.

Aunque ninguna de estas maravillas parciales da sentido suficiente a un color nocturno cayendo desde el cielo. Casi inverosímil, me digo, dejando que el cansancio elabore una precaria respuesta. Otra pregunta más para la vela de este entierro y nacimiento celeste. Regreso entonces la mirada a toda esa maquinaria de luz, queriendo concluir acaso que se es la perenne veleidad de un eco o espejo o laguna, que también refracta y multiplica, para testimonio de la apabullante belleza de las cosas que suenan en el río y como también la belleza augura eventuales certidumbres te digo, Margarita, parafraseando a un amigo fecundo en ardides, que tu libro es una prueba más de que estamos en casa y anclado a él vuelvo la mirada hacia las barracas miserables, hacia aquellas briznas de sueños y sé que soy porque están allí esas conciencias dormidas y ya, quitándome este plural sombrero de estrellas, te digo "buenas noches" para ser, mañana, como todos, otro y el mismo, despertando en este único y maravilloso hogar que nos tocó, con dirección en ninguna parte y periferia en parte alguna.

   

 

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