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Colección Temas de
psicoterapia |
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Encuentro
con la Psicoterapia
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Jean-Marie Delacroix
No cabe duda que el azar determina de un modo increíble
nuestras vidas. Tengo entre mis manos este libro, originalmente
escrito en francés por Jean-Marie Delacroix, a quien conocí
en el último Congreso Internacional de Terapia Gestalt celebrado
en Córdoba, Argentina, en 2007. Se trata de un libro verdaderamente
gestáltico, fascinante por las historias que se cuentan.
Profundo porque cala hondo en el tema que quiere compartir con los
lectores que tienen la paciencia de seguir un camino en distintos
medios de transporte: no es fácil pasar de una cómoda
travesía en un globo aerostático a una lancha con
motor fuera de borda que se desplaza rauda entre botes, veleros
y transatlánticos, y continuar en un hermoso tren que se
desliza por una silenciosa llanura, dentro del cual tenemos tiempo
para darnos cuenta de que seguimos dentro de la misma estructura
que teníamos cuando iniciamos la travesía: nuestro
propio cuerpo. Los cambios de panorama han sido increíbles;
los medios de transporte, posiblemente adecuados a los diferentes
paisajes.
El largo recorrido que hace el autor para explicar cómo
y dónde y con qué maestros se acercó a la Gestalt,
me llevó a recordar mi propio recorrido y darme cuenta de
cuántos elementos pueden estar presentes en el desarrollo
y transmisión de un método, una teoría, una
filosofía, y cuánta coincidencia puede haber en la
búsqueda de caminos y modos de acceder a realidades diferentes.
Y, curiosamente, son los caminos elegidos y por los que transitamos
los que nos permiten encontrarnos. De donde vengamos y hacia donde
nos dirijamos no hace diferencia alguna.
Jean-Marie Delacroix excursionó por la Gestalt vivencial
de Fritz Perls con gestaltistas de la Costa Oeste, se conectó
con chamanes y conoció el efecto de los psicotrópicos,
entendió y vivió la realidad diferente de las terapias
de grupo de los amerindios y de grupos en México. Nos muestra
una verdadera antropología gestáltica, profunda y
seriamente desarrollada... Y, como buen francés, volvió
al orden y la Teoría del Self, absolutamente alineado con
la Escuela francesa de Gestalt, y como esta es una amplia y buena
teoría con la que se puede explicar todo lo vivenciado, Jean-Marie
hace un extenso recorrido describiendo los diferentes aspectos y
pasos a seguir en esta psicoterapia, siempre referidos a la Teoría
del Self y citando ampliamente el libro de Perls, Hefferline y Goodman,
que en español ha sido publicado hace tres años, pese
a que se publicó en 1951.
El esfuerzo de Jean-Marie es grande y sincero, y percibimos la
dificultad desde el impactante momento, cuando absolutamente centrado
en lo organísmico, se enfrenta a la increíble realidad
de darse cuenta que estaba vivo gracias a que otro —que había
muerto— le donó su hígado.
“Perder un ÓRGANO VITAL Y CONTINUAR VIVIENDO con el
órgano de otro, gracias a que éste ha muerto, es un
acontecimiento impresionante que trastoca toda la vida, toda la
organización profesional, el sistema de valores, y que te
hace volver a preguntarte por el sentido de la vida y la forma en
que has manejado tu historia hasta el momento. Esta experiencia
me ha llevado a vivir con intensidad y conmovedoramente, en lo real,
y no de manera metafórica, la relación con el uno
mismo, con el otro, con el extranjero”.
Y, como es absolutamente obvio, lo lleva a lo más medular
de la Gestalt: lo organísmico.
Inmerso en la Teoría del Self, pareciera que primero se
pregunta por la relación organismo-entorno y desde ahí
da una gran vuelta tratando de dar una comprensión de la
enfermedad de acuerdo a esta teoría. Incluso cita el enfoque
que yo misma he propuesto como ejemplo, y suponiendo la base de
este enfoque en el psicodrama y el juego de roles, no como lo hemos
mostrado innumerables veces: partiendo de lo organísmico
y lo autoestructurante en Terapia Gestalt, como fue puesto en primer
plano por Perls desde su primer libro, Yo, Hambre y Agresión.
Es obvio, para mí, que la experiencia de trasplante de hígado
que sufrió Jean-Marie Delacroix lo conectó fuertemente
con su propio organismo, y como él mismo recuerda una cita
de Freud, “El Yo es, en primer lugar y antes que nada, un
yo físico” (p. 351). En esas circunstancias, la relación
que se establece es tan compleja que se comprende qué es
lo que llevó a este autor a ampliar el campo de conciencia
en la Terapia Gestalt, no sólo mostrando lo complejo de la
relación terapéutica, lo que describe como la “tercera
historia”, sino agregando nuevos elementos en el trabajo gestáltico
con los sueños, y dándose cuenta cómo una enfermedad
o síntomas pueden ser “una tentativa de autorregulación
organísmica”.
Después de la verdadera magia que es esto del trasplante
de un órgano, cómo no relacionar la terapia con los
trances chamánicos, a los que él asistió, a
las Sesiones de Grupo, a las experiencias con psicotrópicos,
a un mundo que no cabe en teoría alguna y que nos abre la
mente y nos hace darnos cuenta de lo ínfimo y limitado de
nuestros conocimientos, y tal vez por eso se nos hace tan necesario
aferrarnos a las pocas certezas que nos habitan.
Una de estas certezas que persisten en mí es aquello de
que nuestro cuerpo es absolutamente sabio y nos guía magistralmente,
si sabemos escucharlo. Jean-Marie quería hablar conmigo cuando
nos encontramos en Córdova. Mucha gente, mucho ruido, poco
espacio; apenas nos contactamos, lo suficiente para sentir su calidez
y la de su esposa. Nada para permitirme conectar con la tremenda
experiencia que entraña un trasplante, más aún
de un órgano como el hígado, al que por tantos años
se lo creía incapaz de aceptar que se le sacara ni un pedazo,
incapaz de regenerarse, y que después nos ha mostrado su
extrema generosidad y su capacidad de crecer y transformarse en
un órgano completo. Y ahora, con este libro en mis manos,
me doy cuenta del posible mensaje del hígado de Jean-Marie.
Haciendo una analogía con el hígado, se me ocurre
pensar en lo variado e importante de las experiencias vividas por
Jean-Marie, la buena asimilación de todas ellas, y sin el
suficiente tiempo para ordenarse y separarse unas de otras, manteniendo
su especificidad y su noción de totalidad.
Es que el hígado es un aventurero, un creador, un artífice.
En todo pone algo de sí, y no por ello deja de ser el más
grande empresario que habita nuestro cuerpo; es por eso que él
puede ser extremista: fabrica lo amargo y lo dulce. Y ese magistral
orden requiere tiempo y espacio. Y el nuevo hígado de Jean-Marie
se ha tomado el tiempo para ordenar la casa. Esto es un regalo para
todos.
El nuevo hígado de Jean-Marie le marcó el territorio
y le permitió poner cada una de sus experiencias en un contexto,
en un espacio. Conciliando, abriendo espacios de tolerancia y hasta
de perdón. El hígado anterior recorrió todos
los caminos; el actual sabe que todos esos caminos existen y vive
en armonía con todos. Siempre supo que era extremista, que
podía fabricar lo amargo (la bilis) y lo dulce (la glucosa).
Que sabe nutrir y desintoxicar. Todo en orden y cuando corresponde.
Así es el libro que tienen entre las manos: nos alimenta
y nos nutre y nos permite dejar —sin necesidad de entender—
lo que no podemos asimilar con facilidad.
El nombre original de este libro es “La Tercera Historia”
y se refiere a la compleja relación que se produce entre
el terapeuta y el paciente. La tercera historia es la relación
misma, que no se comprende en toda su complejidad hablando de transferencia
y contratransferencia, al estilo que yo misma lo hice en uno de
mis primeros aportes a la Terapia Gestalt[1] y cuando cuidaba a
la Gestalt de la descalificación por parte de los psicoanalistas.
La riqueza y profundidad con que Jean-Marie muestra lo que es este
proceso es incomparable y se comprende la extrema necesidad de tener
grupos de supervisión permanentes. Como él dice: “Estamos
en el paradigma de la subjetividad, de la inter-subjetividad, de
la búsqueda en conjunto, del co-pensamiento, de la co-creación;
esto nos hace comprometernos en la relación y estar dispuestos
a acoger lo que viene sin que se lo haya premeditado o previsto,
para dejarse sorprender, despistar, aceptar perderse algunas veces,
y a no comprender nada, estar en la divagación, para ir mejor
hacia, mejor al encuentro de...” (p. 472).
Tener lo que nosotros llamamos una actitud, un modo de estar absolutamente
fenomenológico, y que conseguirlo es el mayor desafío
para nuestros alumnos de Gestalt recién salidos de las universidades
y con una mirada y un método todavía causalistas.
Jean-Marie nos aporta relatos, entrevistas, experiencias personales,
con una honestidad y simpleza conmovedora que nos hace darnos cuenta
de su real maestría.
“Quiero relatar ahora un momento particular de mi búsqueda
interior por el chamanismo en la Amazonia. Siempre he mantenido
mucha discreción sobre este momento, porque es muy íntimo.
Durante un ritual de cura en el que los presentes están en
un estado de conciencia ampliada, uno de los chamanes se me acerca
para cantar un ‘izaros’, canto de sanación cuyas
vibraciones sonoras cree que serán buenas para mí
en ese momento. Estamos sentados uno frente al otro, en tierra,
en la penumbra. Dejo que la melodía me conmueva, penetre
mi piel, entre en mi cuerpo. Me invade completamente y experimento
un intenso bienestar físico y psíquico. Adivino su
cuerpo cantando ante mí. Y tengo la sensación de que
mi cuerpo se difumina, desaparece, y me siento muy bien así.
Después se difumina y desaparece el cuerpo de él y
yo ‘veo’, sólo veo esta relación, y es
como un momento de gracia. Y me acontece una especie de mantra en
la cabeza. La relación es Dios.
“Dios, el Creador, como dicen los amerindios; el uno mismo,
como dicen los orientales; lo Numinoso, por retomar la expresión
de K.G. Dürckheim; la Inteligencia de la Naturaleza, como dicen
otros. Poco importa el nombre que se le dé según las
culturas y las épocas. En todo caso, se trata de algo que
no se puede nombrar y que remite a esa energía primordial
que nos supera y de la cual sólo se puede hacer la experiencia
una que otra vez en la vida.
“He ‘visto’ la desaparición de nuestros
dos cuerpos como la disolución del ego en el sentido budista
del término. Cuando el ego desaparece, se muestra lo esencial:
sólo subsiste la relación más allá de
los cuerpos físicos, de las apariencias, de las representaciones.
La relación en estado puro, la que no se puede nombrar, y
que en la tradición judía remite a aquel que no se
puede nombrar, a eso que no tiene nombre y que está más
allá de la relación de materia a materia y de afecto
a afecto.
“La relación es Dios. He recibido esta enseñanza.
Corresponde que ahora haga algo”.
Al ser traducido este libro al castellano y publicado por Editorial
Cuatro Vientos, que editó los libros de Perls aparecidos
cuando él, más allá de ser un gran terapeuta
era un verdadero chamán, tengo la impresión de que
Jean-Marie Delacroix se ha acercado al maestro y ha hecho más
que algo: ha entregado un mensaje de reconciliación y apertura
a la gran familia gestáltica.
Adriana Schnake Silva
Manao, Chiloé
Junio 2008
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