Comentario de Ruth Kristal sobre el libro Fritz Perls en Berlín 1893-1933 de Bernd Bocian Publicado el 09/08/2015 por

Con motivo del lanzamiento en la Feria Internacional del Libro de Lima (organizado por Siglo XXI Distribuidores y Editorial Cuatro Vientos el 20 Julio 2015) 

 

Sigue este link para ver la presentación completa del libro en la Feria Internacional del Libro de Lima, 2015

 

El Contexto Judío o Las influencias del judaísmo

 

Mi primer contacto con la obra de Bernd Bocian, psicoterapeuta Gestalt alemán, ha sido a través de su libro Fritz  Perls en Berlín 1893 - 1933: Expresionismo - Psicoanálisis - Judaísmo en el que explora y aporta algunos elementos nuevos a la historia del psicoanálisis y de la terapia Gestalt.

 

A través de los aportes biográficos de los primeros 40 años de Fritz Perls Bocian nos permite, por un lado, contactarnos con un “alma en pena”, un “alma torturada”, un ser 
incomprendido por sus padres, suentorno escolar, su vida. A la par, pululaba el antisemitismo radical, estalló la primera guerra mundial seguida de la revolución de noviembre de 1918 y del colapso de los imperios. Por el otro lado, Bocian rescata los poco conocidos aportes de los judíos de izquierda radicados en Berlín al desarrollo cultural de la ciudad, el Bahuhaus, el dadaísmo, el expresionismo el expresionismo resultado de repulsión y odio hacia el sistema imperante, contra la burguesía. Este movimiento fue definido por Vietta, en 1994 como como la “la experiencia concreta del sí mismo y el mundo”, por medio de la disociación del yo y el anhelo de una renovación de la humanidad” (Bocian, B., 2007:2) y el psicoanálisis de izquierda, “socialmente crítico, orientado a la emoción y que incluye el lenguaje corporal” en el que se formó Perls, que marcaron su crecimiento intelectual y  cuya prolongación, dice Bocian, fue la terapia Gestalt.

Dado lo limitado del tiempo, haré referencias de algunos datos biográficos de Perls que coincidieron con el devenir histórico e ideológico alemán desde 1893 hasta un poco más de 1934, para centrarme dos temas del texto que llamaron mi atención: la repercusión de una educación encaminada a convertir a los futuros ciudadanos en seres serviles y la ideología totalitaria que trataba a los seres humanos como superfluo y prescindible porque creemos que sonalgunos de los elementos con los que podemos establecer un continuum de horror entre la guerra de trincheras y la sistematización asesina del régimen totalitario nazi.

Los tormentos emocionales del joven Fritz Perls incluyeron los conflictos parentales, migrantes polacos apátridas, provenientes de  Polonia, tenían orígenes económicos y culturales distintos. La madre, al igual que su familia, era observante de la tradición ortodoxa judía. Los Perls hicieron todo el esfuerzo posible para que su hijo reciba la mejor educación posible, esperando que llegue a ser un profesional en áreas universalmente libres que le permitan desempeñarse en cualquier lugar del mundo, ya sea como abogacía o medicina.

Perls recibió maltrato físico. No aceptaba las prohibiciones impuestas, su accionar transgresor le ocasionó la decepción familiar. Caído del pedestal idealizado de los padres, sufrió una temprana herida narcisista, perdiendo la confianza de sí y empobreciéndose su auto-estima. Su defensa fue adoptar una actitud “contrafóbica”, aumentando su rebeldía y volviéndose masivamente auto-centrado. 

Sus dificultades aumentaron en el Gymnacium lo que aumentó su rebeldía y su actitud auto-centrada para reafirmar su yo. En aquella época, la enseñanza alemana se caracterizó (con excepciones) por la severidad de sus maestros. Bocian cita a Einstein, quien estudió en el mismo instituto, decía que el sistema educativo utilizaba la intimidación, la violencia y la autoridad artificial cuasi militar con el objeto de opacar las inquietudes y sensibilidades personales, destruir las emociones sanas, la confianza de sí mismos y la honestidad. Preocupados por la obediencia, el pensamiento conservador, la veneración al emperador y el apoyo incondicional al Estado, más altas dosis de antisemitismo, su objetivo era lograr alumnos convertidos en seres serviles, que aumentaron la frustración, sensación de ser incomprendido y con ello su rebeldía. Creemos que estas características antipedagógicas tuvieron gran repercusión en el desarrollo posterior de la sociedad alemana, aspecto sobre el que después profundizaremos.

Al poco tiempo que Perls comenzó sus estudios de medicina, estallo la primera guerra mundial en la que participó en la brigada del Cuerpo Médico. Perls fue testigo y sufrió al saber que los líderes militares expusieron a sus propios jóvenes a una muerte segura pues desde 1915 ya se sabían que la estrategia alemana había fracasado.

Como herencia recibida de los colonos imperialistas que diezmaron las poblaciones originarias durante la “repartija de África” a finales del siglo XIX, los seres humanos se volvieron superfluos, prescindibles e intercambiables. Se había perdido el valor de la vida, lo que se constituyó en un componente de las ideologías totalitarias, según Arendt.

En la primera guerra, los jóvenes fueron considerados “material humano”e incluso se les describió como si fuesen parásitos. No se trató de un puro eufemismo, pues durante la guerra se inauguró la guerra química y bacteriológica. Mejorando potentes pesticidas, los científicos de guerra los convirtieron en gases tóxicos contra sus enemigos. Gases lacrimógenos, de cloro; mixtos de cloro y fosgeno y el gas mostaza, estas armas de destrucción masiva usadas junto con la fuerza aérea, las ametralladoras y los tanques produjeron una matanza hasta ese momento sin precedentes. Por imprevistos meteorológicos, en más de una oportunidad sucedió que los gases venenosos dirigidos contra los enemigos, terminaron afectando a su propio ejército. Como relata Bocian, Fritz Perl y sus compañeros de trinchera inhalaron dichos gases, algunos se intoxicaron y quedaron seriamente afectados y otros murieron. Por si eso no fuese suficientemente a los soldados alemanes se les ordenó ultimar a los moribundos enemigos a punta de culatazos. A pesar de su gran capacidad reciliente que le permitió sobrevivir a tantas adversidades, no creemos que salió inmune de sus terroríficas experiencias de sus primeros 40 años de vida.

En su momento, Sigmund Freud también se refirió al poco valor que se le dio a la vida durante la primera guerra. En “De guerra y muerte” Freud expresó su desilusión por la poca eticidad de los Estados considerados más civilizados y afirmó que “mientras difiera tanto el valor que cada [país] atribuye a la vida del individuo” las guerras y la destructividad continuarían.

Freud publicó Más allá del principio del placer en 1920 en donde se refirió a la compulsión a la repetición como una de las razones por las que los pacientes no mejoraban. Allí explicaba que en el inconsciente, la pulsión de vida está en conflicto permanente con la pulsión de muerte y que ambas estaban entrelazadas en casi todos los procesos vitales. (Freud, S., 1920: 38) Cuando la pulsión de muerte se separa de la pulsión de vida y se exterioriza a través de sus retoños, la pulsión de agresión, la pulsión de apoderamiento, la pulsión destructiva, la pulsión a la crueldad, su objetivo principal es la aniquilación del objeto.

Creemos que una ideología que considera que los seres humanos son superfluos y prescindibles, está impregnada de pulsión de muerte. Si bien las pulsiones actúan en la psique individual, postulamos la idea de que durante la primera y segunda guerra mundial los líderes alemanes estaban cargados de deseos destructivos que contagiaron, si se puede decir, a sus conciudadanos y combatientes de una feroz pulsión que llevó a la aniquilación masiva del objeto repudiado. Colocaremos como sujeto a los líderes militares y como objeto, los “ejércitos enemigos” y/o las población civiles. Cuando fueron asesinados sus propios soldados, podríamos interpretarlo como un retorno de la pulsión destructiva contra un “sí mismo”. A partir de 1933, cuando los nazis tomaron el poder, esa misma premisa se repitió aumentada potencialmente; el antisemitismo estaba al centro de su ideología y los judíos eran sus principales “enemigos – objetivo”. Por ello,  aniquilarlos era su principal razón de ser.

En 1934, cuando miembros de la sección de asalto, las S.A. leales a Hitler fueron percibidos como una amenaza contra el poder adquirido, Himmler lo convenció “prescindir de ellos” asesinado a sus líderes y más de 100 personas en la llamada “noche de los cuchillos largos” (1934). Aquí volvemos a observar el retorno pulsional contra el cuerpo psíquico (las S. A.) desde donde se externalizó la jerarquía nazi.

Utilizando el ya aludido eufemismo acerca de los parásitos, que ya había sido utilizado en la Edad Media contra los judíos, fue reutilizado por los nazis contra ellos acusándolos de encarnar todos los males. El pesticida Zyklon A, usado en la primera guerra fue potenciado y vuelto “más eficiente” con el nombre de gas Zyklon B, para una pronta “Solución final del problema judío”. Fue el arma mortífera usada en las cámaras de gas, provocando un exterminio masivo sin parangón. Como dijo Clémenceau, citado por Bocian, muchos de los alemanes de los primeros 40 años del siglo XX parecían “estar enamorados de la muerte”.

Volviendo a la “producción de seres serviles”, creemos que los educadores en tanto “sujetos”, trataron de ejercer sobre sus alumnos – “objetos” la pulsión de apoderamiento, “cuyo fin consiste en dominar al objeto por la fuerza”. El domino fue por medio de una fuerza psicológica, que desconocía sus necesidades, deseos y afectos, humillándolos y degradándolos cuando consideraron necesario.

Con ese bagaje de humillación y coacción afectiva e intelectual en tanto estudiantes, estos futuros jóvenes fueron obligados a ir a la guerra y puestos al servicio de la destructividad. Al perder la guerra, la frustración por la derrota amentó el sentido de humillación y los sentimientos de odio y resentimiento. En tanto objetivo ideológico, la mayoría del pueblo alemán buscó refugiarse en las fantasías de grandiosidad incluidas en los discursos nacionalistas frustradas por la derrota. Considerando a Adolf Hitler como su líder mesiánico, muchos de ellos conformaban las masas que querían ser parte de una raza superior, la del superhombre ario. En sus discursos y la propaganda sostenía que los alemanes, tal y como decía la teoría de supremacía racial, eran producto de una “selección natural” y gracias a las leyes de la Naturaleza estaban en la parte superior del espectro. El ideal de obediencia y el deseo de superioridad, había limitado en muchos, la autonomía, la independencia del pensamiento, la espontaneidad y la capacidad crítica de disentir.

Al otro lado de la escala, ubicaron en el lugar más bajo a los judíos, eje de la ideología racista nazi. Pero también fueron considerados los gitanos, homosexuales, débiles físico y mentales (la mayoría de ellos alemanes “prescindibles”), Testigos de Jehovah, comunistas y demás “enemigos objetivos, a quienes aniquilaron en sus afanes de destrucción y muerte.

Otra manifestación de la pulsión de apoderamientose desplegó sobre el “enemigo – objetivo”. Los nazis comenzaron la persecución a los judíos desde lo legal, apoderándose literal y por decreto de su ciudadanía; se adueñaron de sus propiedades, de sus puestos de trabajo; les prohibieron ejercer sus profesiones. Sin ciudadanía fueron apátridas, parias sin ningún derecho; les cerraron las puertas de salida de Alemania, pero también se les impidió las entrada a otros países, sin tener a dónde huir; se apoderaron de sus destinos, se les confinó en guetos, en trenes de la muerte y luego fueron llevados a los campos de concentración y exterminio, la institución más emblemática y terrorífica de los regímenes totalitarios.

En los campos, la pulsión de apoderamiento, trató de apoderarse de la expresión espontánea y de la esencia misma del hombre, su libertad, dado que, en tanto laboratorio, los campos de concentración pretendían modificar al hombre, quitarle su unicidad y convertirlo en parte indiferenciada de la masa obediente del mandato del Riech.

En los campos funcionaron las fábricas de la muerte, como Arendt las describiría, donde se ejerció el terror radical institucionalizado y la muerte fue un proceso de producción, tal y como sería en cualquier otra fábrica, con su “línea de producción” bien optimizada, estandarizada, tecnificada, que debía cubrir con cuotas de cadáveres apoyados por las cámaras de gas. En realidad, el objetivo era lograr en el menor tiempo posible la “solución final del problema judío”, eliminándolos completamente, por lo que también se apoderaron de sus cuerpos, a los que hicieron humo en los hornos crematorios para no dejar la mínima huella de su existencia, sin importar el devenir de la guerra. Lo que es claro es que sin el apoyo de las masas, a los que Daniel Goldhagen (1996) los llamó Verdugos voluntarios de Hitler, el proyecto de aniquilación no habría podido llevarse a cabo.

No ha habido en la historia de la humanidad una externalización más agresiva de la pulsión de muerte como fue la que fue dominó los campos de concentración y exterminio en donde los nazis aniquilaron más de cuatro millones de “objetos”. Otros dos millones fueron eliminados por inanición, insalubridad, hacinamiento, en ejecuciones extra-judiciales, fusilamientos en masa, marchas de la muerte y varios métodos más.

Un último aspecto que deseamos abordar fue destacado por Henry Zvi Lothane acerca del libro de Bocian, es cómo su lectura nos lleva a pensar en una especie de disociación social, en la que por un lado vemos cómo hay un terreno fértil para la producción, aceptación y apertura de significativos aportes de distintos pensadores y filósofos judíos y alemanes en una Berlín que desde finales del siglo XIX y los primeros 30 años del siglo XX, fue un “campo de experimentación cultural”. La ambivalencia reinante se puede observar porque a la par se fortalecieron las ideologías raciales, el antisemitismo y los nazis llegaron al poder en Alemania. Este país reconocido como civilizado, con gran desarrollo cultural y valores morales, fue promotor de un “culturicidio”, que comenzó en la primera guerra mundial y culminó poco después de terminada la Segunda Guerra.

El mundo fue testigo de la destrucción de dichos valores y de la coacción del espacio emocional y afectivo que favorecía la creación y la expresión de nuevas ideas, la libertad intelectual y que combatió a los ideales democráticos. En mi opinión, agregaría que el culturicidio, visto de manera más circunscrita y específica, fue la dilapidación de la cultura Yidish, producto del asesinato en masa y/o de la emigración forzosa de connotados autores, científicos, intelectuales judíos emancipados, que utilizaban el alemán como medio de expresión universal y que se sentían “ilusamente”, como diría Bocian, herederos de la tradición cultural germana. Además de ellos, millones de ciudadanos de a pie, además de escritores, pensadores, actores, músicos, provenientes del Este europeo, prácticamente la tercera parte de la población judía mundial, hablaban, escribían, cantaban, se expresaba en Yidish. Sin negar la ayuda que ofreció al respecto Stalin, Hitler destruyó dicha cultura y a los pobladores que vivían inmersos en ella, rica en literatura y cargada de un humor muy particular que se reía de su propio sufrir, que hacía de las dificultades de la vida algo llevadero. Hitler aniquiló de una tercera parte del pueblo judío, aquella que vivía.

Es triste recordar que el régimen nazi se inauguró con la quema y prohibición de las obras de autores judíos y afines, entre ellas las de Freud y Einstein y con la prohibición del psicoanálisis, además de muchas otras trágicas medidas. Imposible olvidar la inmensa fogata alimentada por cientos y miles de libros, nada menos que frente al Operanplats, la plaza en donde se ubicaba el teatro de la ópera, símbolo en sí mismo de cultura, ocurrida en 1933.

Ni Freud ni Perls vivieron el infierno de los campos…. Pero Freud todavía vivía en Viena cuando quemaron sus libros en Berlín y se prohibió la práctica del psicoanálisis en Alemania. Salió al exilio en 1938 y falleció poco después de iniciarse la Segunda Guerra. 

Perls se había formado como psicoanalista con Wilhelm Reich utilizando la técnica del análisis del carácter que le permitió “disolver su armadura” y participó del psicoanálisis de izquierda. Perls consideraba al psicoanálisis freudiano como un producto burgués que según su entender había perdido sus elementos críticos de lo social y cultural, un “proyecto de investigación” que, como ciencia cuyo objeto de estudio es la psique, no debería tener el monopolio de las terapias, razón por la cual debería aceptar a la nueva terapia Gestalt quese estructuró contra el trasfondo histórico, la formación y práctica del psicoanálisis, pero recogiendo teorías, actitudes y métodos influenciados por la vanguardia cultural izquierdista europea. (Bocian, B., 2007: xvii)

Perls huyó de Alemania en 1933 gracias a su poca disposición de lidiar con el autoritarismo y haciendo uso de su capacidad de auto-defensa, salvando, probablemente su vida. (Su madre y su hermana mayor perecieron en la Shoah)

En tanto terapeuta y escritor, se inspiró en una serie de autores a quienes admiró y respetó, incorporando de ellos lo que lo alimentó intelectual, afectiva y espiritualmente, lo que consideró valioso, pero también tuvo rupturas que consideró indispensables para su autonomía e independencia de pensamiento y sentimientos; se enfrentó a las ideas que despreciaba y no toleró ningún tipo de autoritarismo. Según Bocian, fue una de las razones por las que rompió con Freud y su forma de ejercer el psicoanálisis. Para él Freud había creado un psicoanálisis burgués mientras que él se sentía más identificado con el psicoanálisis radical. Prefería la confrontación, lo vivencial, la liberación personal de las restricciones impuestas y un entendimiento del self que estaba en un modo medio” entre el pensamiento primario y secundario propuesto por Freud. Todo ello fue incorporado como aporte, reflexión o evitación en su propuesta terapéutica que emprendió con la terapia Gestalt y siguió siendo un outsider en los distintos países en los que vivió.

Después de una vida azarosa y llena de vivencias, Perls falleció el 14 de marzo de 1970, en Chicago, Estados Unidos.

 

Ruth Kristal
Lima, Perú
2015